Elogio del banquero anarquista
Elogio del banquero anarquista
Claves. Marzo 2009. Descargar en pdf ![]()
A bocajarro, como los ciudadanos supimos del derrumbe de Wall Street y los desarreglos en el sistema financiero internacional, Fernando Pessoa presenta al protagonista de su relato El banquero anarquista. Se trata de un “banquero, gran comerciante y notable estraperlista”, que defiende ante un amigo perplejo su estrambótica adhesión política: “En mí la teoría y la práctica del anarquismo se hermanan y hallan sentido. Usted me ha comparado con esos bobos de los sindicatos y las bombas para hacer ver que soy distinto (…). Ellos son anarquistas en la teoría; yo lo soy en la teoría y en la práctica” .
He ahí la desconcertante declaración de principios de un personaje con el que Pessoa pretende pulverizar la aparente paradoja de un miembro del poder económico enfrentado al sistema. La contradicción es, sin duda, sugerente en estos tiempos de tribulaciones financieras. A medida que va quedando al descubierto el comportamiento de los banqueros en los últimos lustros, se va evidenciando cómo también ellos, siendo piezas constitutivas del capitalismo, lo han estado dinamitando con entera dedicación. Lo cierto es que ya hace diez años Susan George advirtió del peligro de que eso ocurriera en El informe Lugano, un híbrido de ficción y realidad -una “falsedad genuina”, en sus propias palabras- en el que la autora pone a un grupo de comisionados del Partido de los Trabajadores, muy preocupados por las amenazas que se ciernen sobre el capitalismo, a redactar un informe sobre cómo neutralizarlas para salvar el sistema.
Pese a las enormes diferencias de toda índole entre la obra de George y el relato de Pessoa, ambas se originan en contradicciones insoportables: la de los trabajadores interesados en salvar el sistema que supuestamente los explota y la del banquero entregado a destruirlo. No sin ironía, la insania cobra en ambas forma de racionalidad, y tal vez sea eso lo que las hace reveladoras de los aspectos más escurridizos de la crisis actual. Los muy materialistas esgrimen sus gráficos y estadísticas; desarrollan sus teorías acerca de cómo, por ejemplo, la inhibición del consumo debería lógicamente provocar un descenso de los precios… Y cuando eso no sucede, recurren al concepto de estanflación, que designa, según nos cuentan, una situación de estancamiento e inflación. Y así se van pasando los días: ellos describen, simulando explicar; y nosotros escuchamos, fingiendo comprender.
En tan desconcertante tesitura, tal vez la ficción pueda echarnos una mano clarificadora. Al fin y al cabo, parece bastante cierto, como ha asegurado Nick Paumgarten, que el tinglado recientemente desplomado tenía mucho de irreal: “En los últimos treinta años, Wall Street ha perfeccionado el arte de crear y vender productos financieros de una conexión cada vez más tenue con la realidad. Ha sido un periodo extraordinariamente creativo, un modernismo del dinero con una inclinación equivalente hacia la abstracción. Derivados relativamente simples evolucionaron hasta convertirse en artefactos crípticos” .
No sería acertado, pues, abordar sólo mediante consideraciones fácticas, y menos aún racionales, el derrumbe financiero: hace diez años, cuando George publicó su libro, las transacciones de los mercados de valores, especulativas, ya representaban cincuenta veces más que las de bienes tangibles y servicios no financieros . Desde entonces no ha hecho sino agrandarse la brecha abierta entre la economía llamada real y la que, por oposición lógica, deberíamos designar “de alucinación”, un delirio consistente, en palabras de Paumgarten, en que “durante años la gente se ha aferrado a la convicción de que se pueden obtener enormes beneficios con un escaso riesgo (…). Los financieros listos afirmaban que sus inventos podían conseguirlo. Sus colegas y clientes querían creerlo. Todos querían creer que sus seguros de riesgo crediticio podrían seguir asegurando los impagos de deuda” . Cuando la ilusión se evaporó, todo se vino abajo.
Lo resumió muy bien Bernard Madoff con la frase pronunciada el día de su detención por el FBI: “Todo era una gran mentira”, afirmación que no resulta válida sólo para su estafa, sino en general para la dinámica de cambalache adoptada por el dinero en los últimos tiempos. Dado el peso de la mentira y la ficción en el origen de esta crisis, resulta tentador espigar entre las falsedades de la literatura algo de verdad, donde quizá hallen sosiego los pequeños seres reales heridos por la crisis.
En su juego de ficciones y realidades, los obreros de Susan George advierten del peligro que entraña la concepción misma del sistema financiero y lo hacen con el siguiente razonamiento (en traducción propia y apresurada): “Los riesgos de un accidente financiero de grandes dimensiones se están intensificando; de hecho, nos sorprende que no haya ocurrido todavía. Debemos señalar aquí la volatilidad inherente a los mercados financieros como una grave amenaza a la economía de mercado” . Fieles al paradójico papel que representan, no obstante, los trabajadores no ponen el acento en la iniquidad que pudiera derivarse del funcionamiento desregulado de los mercados financieros o de la inexistencia de obligaciones tributarias sobre numerosas operaciones, sino en los riesgos que su dinámica entraña para el mismo funcionamiento del sistema en su totalidad. “Los especuladores individuales, las corporaciones, los bancos, los fondos de pensiones, etcétera, están cosechando enormes beneficios del sistema, pese a lo cual, ni se preocupan ni pueden preocuparse del sistema mismo, sean cuales sean sus propios intereses a largo plazo (…). La lógica del corto plazo mina el beneficio a largo plazo, los derechos inmediatos de cada operador se anteponen a la supervivencia del sistema que garantiza esos derechos” .
El “accidente financiero de grandes dimensiones” augurado en El informe Lugano ha tenido lugar. Por más que los proletarios –si se me permite el arcaísmo- inventados para la ocasión se emplearan en salvaguardar el capitalismo, sus advertencias contra ese establishment antisistema no sirvieron de nada: ellos pudieron más. Sin embargo, no queda nada claro si sus actos obedecían a despreocupación por el sistema o a lo contrario: su adhesión a las normas, e incluso a la norma suprema que dicta la eliminación de ellas, fue tenaz –y cómo podría interpretarse sino como leal celebración del propio sistema-, el entusiasmo con que se sumaron a la lógica del capitalismo financiero fue activo, y el respaldo que le dieron con sus palabras y sus actos resultó elocuente en todo momento. En todo caso, no caben dudas de que los banqueros han logrado la proeza de dinamitar la banca mundial y, con ella, el sistema, al poner en jaque la economía productiva, provocar la parálisis absoluta de los consumidores, la inhibición de los empresarios, la espantada de los inversores y una radical pérdida de confianza en el propio sistema. Ni el mayor ejército de soviets habría soñado en torcer con tanta maestría el brazo del hombre más poderoso de la tierra, George W. Bush, al que obligaron a tomar medidas intervencionistas contrarias a sus creencias neoliberales y al Estado mínimo, algo de lo que se lamentaba compungido en una de sus últimas comparecencias como presidente de Estados Unidos. A nuestra modesta escala también ha habido claudicaciones sonadas: el mismísimo presidente de la patronal española, Díaz Ferrán, llegó a abogar por la suspensión temporal de las normas de la economía de mercado. Con admirable diligencia, propia de presos sometidos a tormento, ambos reconocían la derrota de sus postulados, hasta convertir en razonable una sospecha aparentemente descabellada: ¿y si los urdidores de uno de los golpes más feroces propinados al capitalismo fueran banqueros anarquistas como el de Pessoa? ¿Y si los creativos financieros de Wall Street, los grandes banqueros, los gestores de fondos, los tiburones de las finanzas en sus jets privados no fueran más que militantes convencidos de que “la teoría anarquista es sólo una”, como afirma el personaje, y ellos representan su máxima encarnación, llevada a las últimas consecuencias?
En el retrato dibujado por el escritor portugués, el banquero anarquista se nos presenta como un minucioso razonador. A lo largo del relato, va desgranando de forma metódica sus argumentos para demostrar que su trayectoria vital ha estado guiada por las creencias anarquistas y el avance de la libertad, lo que le llevó a elegir el enriquecimiento desmesurado como la más eficaz acción contra el sistema. Lejos de entrar en colisión con sus ideas políticas, la acumulación de dinero es, en su lógica, la única acción consecuente con ellas. Su propia historia vital explica sus conclusiones políticas: fue un obrero humilde, rebelde ante la desigualdad, sobre todo aquella causada por lo que él denomina “las ficciones sociales”: la familia, el dinero, la religión, el Estado… En su juventud llegó a convencerse de que son esas ficciones las que esclavizan al ser humano, razón por la cual suscribe el ideal anarquista, cuyo modelo de sociedad es, a sus ojos, el más natural, es decir, el menos influido por las ficciones sociales, pues de acuerdo con su razonamiento lo natural es también lo verdadero y lo justo, mientras que lo ficticio se equipara con la mentira y la opresión, lo artificial. Cuando, en cierto momento de su vida, desengañado de las luchas colectivas, se entrega a la acción individual, se convence de la necesidad de combatir a la “ficción dinero”, por tratarse de la más importante. Puesto que no se pueden liquidar entes que no son reales, el único modo de atacarla, asegura, es acumular dinero en tales cantidades que le permitan no verse afectado por las servidumbres de su ficción, situarse por encima de él. El banquero anarquista lo plantea de esta forma: “¿Cómo subyugar al dinero combatiéndolo? ¿Cómo hurtarme a su influencia y tiranía sin evitarlo? Sólo de un modo –adquiriéndolo, adquiriéndolo en cantidad suficiente como para no sufrir su influencia; y cuanto mayor fuera la cantidad en que lo adquiriese, más libre estaría de su influencia. Cuando vi esto claramente, con toda la fuerza de mi convicción de anarquista y mi lógica de hombre lúcido, entré en la fase actual –la comercial y bancaria, amigo mío- de mi anarquismo”.
Transcurrido cierto tiempo, convertido él ya en “banquero, gran comerciante y notable estraperlista”, considera que su contribución al avance teórico y práctico de la causa anarquista ha sido significativo. Bien es cierto que esa victoria sólo le beneficia a él, pero esto no supone un demérito para su lucha, pues él no se había planteado mayores objetivos. Según su argumentación, resulta inasumible para cualquiera desencadenar la revolución social en solitario, por tanto, sólo podía aspirar al aumento de su propia libertad y eso ya constituiría un avance de la libertad general existente en el mundo. Porque además, razona, lo ha logrado sin crear tiranía nueva, al contrario que los grupos de propaganda anarquista en los que militó fugazmente, cuya organización colectiva reproducía patrones de dominación y, por tanto, creaba tiranía nueva. Puesto que la ejercida por él como banquero ya existía en las ficciones sociales, no debe tenerse en cuenta.
A lo largo del relato, el lector asiste estupefacto a una cadena de argumentaciones similares a las que acabo de resumir, muy bien engarzadas, incluso coherentes, que por momentos llegan a sonar verosímiles. Su discurso, examinado con detenimiento, está sembrado de falacias, contradicciones, sofismas y, sin embargo, goza de una elevada lógica literaria, la lógica de lo falso, no muy diferente de la que ha envuelto durante décadas las transacciones de Wall Street que a todo el mundo parecían convincentes. Uno se siente seducido por la retórica bancaria –tanto la ficticia como la real- y aun aplaude sus sutiles armas de seducción; es consciente de que debe de esconder alguna trampa, y aun así le complace, porque espera beneficiarse de ella: mediante el disfrute literario en el caso del relato, mediante las ganancias a espuertas en los mercados financieros. Y las casi inaudibles objeciones que aquí y allá va planteando el perplejo amigo del banquero pessoano, un débil oponente, remedan las pequeñas advertencias también desoídas en el mundo real, como las de Susan George.
Es posible que Pessoa estuviera convencido de que las paradojas no existen y, sin embargo, la firmeza y el rigor con que el banquero defiende la coherencia de su vida, el aplomo con que plantea el ideal bancario-estraperlista como vía de salida a las ideas anarquistas, deja al lector la sensación de que los delirios de los ricos y poderosos en busca de legitimidad no conocen límites, porque la gran trampa bancaria consiste en que, al contrario que el resto de los mortales, pone la lógica al servicio de su desdén por la verdad. Por eso bajo una apariencia de sensatez, tras el hilo de razonamientos cordiales discurren tautologías, sofismas y aporías, de las cuales la más visible –en el mundo real- es la que pretende hacer pasar por razonable el hecho de que las ganancias producidas por la inventiva de los financieros fuera en su día a parar a sus bolsillos, pero ahora las pérdidas deban socializarse.
Lo que está en bancarrota es el sentido común. El razonamiento bancario sume al oyente en un bucle perverso, ya se trate del banquero anarquista pessoano o de los banqueros capitalistas de carne y hueso. Por no hablar de los gobernantes que han puesto dinero público al servicio de los bancos: la medida supuestamente racional consiste en que los trabajadores o los pequeños empresarios cuyos negocios han quebrado por falta de crédito pagan dos veces las consecuencias, una con su ruina y otra con sus impuestos, mientras los causantes del entuerto bancario no pagan nada, antes al contrario, son rescatados. Como le ocurrió a Victor Serge al leer El banquero anarquista, es inevitable la sensación de que nos hallamos ante un “demente lógico”, pues sólo una lógica demente puede hacer pasar por un bien social esa salvación providencial que permite eludir las consecuencias de la crisis a quienes la han causado, y hace recaer el castigo en quienes ya son víctimas de los excesos de los primeros: perjudicados por partida doble.
También el banquero pessoano elude toda responsabilidad sobre sus actos con una argumentación aparentemente impecable y que, como el discurso político, lo cifra todo a una crisis sistémica similar al crimen perfecto con que fantasea todo matón: que parezca un accidente. Acercándose al final de su razonamiento, el interlocutor del banquero le plantea, con bastante sentido común, que su enriquecimiento ha contribuido a la opresión, pese a ser su objetivo evitarlo: “Las condiciones de su lucha eran, no sólo crear libertad, sino no crear tiranía. Pero usted (…) como estraperlista, como banquero, como financiero sin escrúpulos –discúlpeme, pero uso sus palabras-, usted ha creado tiranía. Usted ha creado tiranía como cualquier otro representante de las ficciones sociales, a las que afirma combatir” . El banquero disputa su afirmación asegurando que la tiranía de la que él ha participado se hallaba ya en las ficciones sociales, y su objetivo era no crear tiranía nueva. Cuando su amigo replica: “Pero repare en que, según ese argumento, se puede llegar a pensar que ningún representante de las ficciones sociales ejerce tiranía”, el banquero corrobora la irresponsabilidad gremial: “La tiranía pertenece a las ficciones sociales y no a los hombres que las encarnan; éstos son, por así decir, los medios de los que las ficciones sociales se valen para tiranizar, como el cuchillo es el medio del que se sirve el asesino. Y no creo que usted considere que aboliendo los cuchillos se acaba con los asesinos… Mire… Puede usted destruir a todos los capitalistas del mundo, pero si no destruye el capital… Al día siguiente el capital, ya en otras manos, continuará, a través de ellas, su tiranía” .
Bien parece que los banqueros reales se ven a sí mismos con idéntica inocencia. Mediante hábiles falacias, el personaje pessoano presenta a los hombres como medios, con una voluntad a la altura de la de un cuchillo, y todo ello a pesar de que al narrar su vida ha insistido en su constante determinación de llegar a ser banquero, comerciante y estraperlista: la suya es una vida guiada por la voluntad, de la que asegura carecer. La sofística gubernamental no ha llegado a tal extremo, probablemente porque cuando le faltaban argumentos le ha bastado con tirar de fatalismo, pero la nula disposición a pedir responsabilidades a los causantes de la crisis resulta elocuente.
Lo bueno de los dementes lógicos –tanto el banquero anarquista como los banqueros capitalistas del mundo real- es que al final, o sea, ahora, no se logra ver cómo sus argumentos cristalizan sobre el mundo: la realidad acaba por desbaratarlos. Al concluir el relato pessoano, resulta demasiado evidente que, pese a su retórica, el banquero se ha comportado de tal modo que todos y cada uno de sus actos apuntalaban el sistema. De hecho, no se da noticia de que su lucha contra el sistema causara en él la menor grieta. Por el contrario, la adhesión de los banqueros reales al capitalismo que les ha permitido ejercer su derecho al beneficio hasta el límite, y obtener enormes ganancias, lo ha hecho saltar en mil pedazos. El banquero anarquista, queriendo en apariencia destruir el sistema, lo refuerza; los banqueros capitalistas, siendo sus declarados partidarios, lo destruyen. En eso vemos la insania de ambos, y las concomitancias de su comportamiento: “Trabajé, luché, gané dinero; trabajé más, luché más, gané más dinero; finalmente gané mucho dinero. No reparé en los medios –le confieso, amigo mío, que no reparé en los medios- me serví de cuanto pude –el estraperlo, el sofisma financiero, la mismísima competencia desleal” , lo dice un personaje ficticio, lo suscribirían muchos hombres respetables.
A la vista de lo cual, a los ciudadanos perplejos sólo se nos ocurre que, puesto que la demencia lógica es la forma acostumbrada de razonar en el gremio bancario, nos iría mucho mejor si al frente de las instituciones financieras se situaran auténticos desafectos, banqueros anarquistas como el de Pessoa que, a la larga resultan ser una garantía de estabilidad. La mayoría somos, al fin y al cabo, gente de orden. Y no resistiríamos otra embestida de los banqueros adeptos al sistema.




