Un médico rural en Haití

Un médico rural en Haití (EL PAÍS, 23-11-2010)

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Como siempre, Kafka tenía la respuesta. Parece que hubiera divisado con un catalejo el futuro de esa media isla exhausta llamada Haití, con su interminable reguero de muertos, y que hubiera escrito Un médico rural para explicarnos cómo nos sentimos. El protagonista de su relato recibe un aviso urgente en medio de la noche: hay un enfermo grave en un pueblo a 10 millas de distancia. El invierno es helador en un lugar indeterminado, tal vez Europa, y en una época no revelada, quizá la nuestra. Su sentido de la responsabilidad moral hacia sus semejantes le mueve a actuar, como a tantos de nosotros. Se apresta a partir, coge su abrigo y su maletín, sale a toda prisa. Pero su caballo murió la noche anterior y no puede emprender el viaje. Su desazón aumenta. Se detiene en el patio de su casa “sin sentido alguno, cada vez más inmóvil, cada vez más cubierto por la nieve”.

 

La tragedia ajena lo sacude de improviso, como a nosotros aquel día de enero en que encendimos la televisión y supimos del devastador terremoto en Haití. También sentimos el impulso de actuar. No es fácil para nuestra imaginación representarse más de 200.000 muertos, y aún así ¿quién no se sintió concernido? ¿Cómo pasar por alto la saña que significan ahora el huracán y el cólera? ¿Cómo no rabiar ante la idea de que los haitianos puedan hundirse en un dolor infinito y agonizar uno a uno en la acera hasta que el país quede convertido en un inmenso sepulcro? ¿Quién no se ve inmóvil frente al televisor, cubierto de paralizantes copos de nieve?

 

La necesidad de actuar es acuciante; la impotencia, absoluta. En el mundo interconectado de hoy las grandes desgracias ocurren muy cerca, al alcance del mando a distancia. Los medios de comunicación nos transportan hasta ellas de forma virtual. Sin embargo, cuando queremos ponernos en marcha, los seres reales sufren lejos de donde alcanzan nuestros pequeños actos de alivio: no tenemos caballo.

 

Al médico kafkiano se le presenta una solución. De repente, de entre las sombras del establo emerge un siniestro mozo de cuadras. Se trata de un desconocido, pero trae los ansiados animales. El médico parte por fin, aunque apesadumbrado por dejar a su sirvienta sola con ese individuo amenazador. En un segundo recorre la distancia que lo separa de su enfermo. Todo tiene un aire sobrenatural: la aparición del mozo, los caballos, el viaje instantáneo. Antes de darse cuenta, ha llegado donde quería, pero no deja de reconcomerle el pensamiento de su criada en peligro. Para colmo, en cuanto reconoce al paciente, este no se encuentra tan grave como le habían dicho, solo algo anémico. La angustia lo embarga de nuevo. Ha dejado desvalida a Rosa para ir donde no le necesitaban: la emergencia siempre parece estar donde él no está. Le resulta imposible atender todo el sufrimiento.

 

Del mismo modo, se nos aparecen a nosotros las organizaciones humanitarias que, de manera prodigiosa, como caballos sobrenaturales, se desplazan de inmediato al lugar de la catástrofe. Multitud de ellas están en Haití desde hace meses. ¿Y bien? ¿No ha habido entretanto inundaciones en Pakistán y en China? ¿No mueren de sarampión los niños en África? Y si los más magnánimos de entre nosotros hubieran corrido en pos de otra urgencia, ¿no deberían ahora regresar a Haití ante el brote de cólera? En un mundo sembrado de hambre, enfermedad e injusticia, ¿adónde debemos acudir? El médico desespera: “Yo no soy un arreglamundos, solo soy un médico del distrito que hace lo que debe hasta el límite, casi hasta donde es demasiado. Aunque estoy mal pagado, soy generoso y ayudo a los pobres”.

 

El cuento no termina aquí. Sumido en la culpa, la frustración y el sinsentido, lleva a cabo un segundo reconocimiento del enfermo. Entonces ve una herida en su costado que le había pasado desapercibida, una laceración espantosa en la que anidan gusanos manchados de sangre, un desgarro mortal. No puede hacer nada. No hay solución. La impotencia le asalta de nuevo. La ciencia tiene sus limitaciones y a él le flaquean las fuerzas. Sin embargo, la familia del paciente esperaba la salvación y ahora, contrariada, quiere matar al médico por no haber obrado el milagro. Confiaban a sus manos de cirujano lo que ya no piden al párroco: su superstición solo ha cambiado de objeto. Su ira se dirige contra él como la de los haitianos se desata contra los cascos azules de la ONU, acusados sin fundamento de haber importado el virus del cólera.

 

El médico rural somos nosotros: nulos ante catástrofes humanas que nos interpelan, inconsecuentes con la responsabilidad moral que sentimos, sabedores de que la naturaleza no se ensaña con los pobres por casualidad, inútiles ante injusticias que nos es dado conocer, pero no reparar. Como siempre, Kafka tiene una respuesta que plantea nuevas preguntas. Su médico se siente “viejo, desnudo, expuesto al frío helado de esta época desgraciada”. Y el enfermo le arroja a la cara el reproche de millones de haitianos: “Vine al mundo con una hermosa herida. Es todo lo que he recibido”.