Ya tú sabes, mi amol
Ya tú sabes, mi amol - (ABCD, 23-2-2008)
Los culebrones facilitaron la mayor oleada de globalización del español. Gracias a las telenovelas venezolanas, nos vimos todos diciendo “chévere” y vocablos similares que se pusieron de moda hace varios lustros. Para la comercialización internacional de las series mexicanas, colombianas o argentinas fue necesario un largo proceso de depuración del idioma que explicaba a la perfección Humberto López Morales en La globalización del léxico hispánico. El fin de aquellos libretos era lograr un lenguaje sin localismos que impidieran la venta del producto más allá de sus fronteras, pero evitando también caer en un habla neutra, sin alma y sin gracia. En la mayor parte de los casos se consiguió.
La segunda parte de la globalización nos la han traído a domicilio los cientos de miles de inmigrantes hispanoamericanos que viven en España. En cualquiera de las grandes ciudades es posible oír hoy expresiones de todas las variedades dialectales del español. Puede un porteño espetarnos en una parada del autobús: “Che, qué cosas hacés”; un cubano aconsejarnos para aplacar nuestro enfado: “No cojas lucha, chiquitica”; un colombiano interesarse por “¿qué dice el man?”; un nicaragüense contarnos todas las “huevonadas” que ha escuchado por televisión; o un venezolano preguntarnos: “¿Qué vaina es ésa?”.
Miles de expresiones que escuchamos ahora en cualquier tienda de barrio presentan la enorme ventaja de que no han pasado por el filtro de ninguna Delia Fiallo, aunque sí lo habrán hecho por el de los propios hablantes. Como si se tratara de libretistas no profesionales, su conocimiento y su intuición lingüística les ponen al tanto enseguida de cuáles son las palabras menos universales de nuestra lengua. Sin renunciar a su idiolecto particular, un ecuatoriano no habla igual cuando está con compatriotas que cuando lo hace en una reunión de españoles. Las personas viajan y con ellas sus peculiaridades lingüísticas que, gracias a la sólida base común del español, acaban siendo comprendidas. Y no sólo por los españoles: también entre ellos se extrañan de ciertas expresiones.
En alguna ocasión contó Manuel Alvar sus peripecias para recabar los materiales del Atlas Lingüístico de Andalucía en los años cincuenta: su trabajo de campo incluyó viajes en diligencia para llegar a algunos de los pueblos remotos donde entrevistó informantes. Y eso tratándose de Andalucía. Los dialectólogos lo tienen hoy mucho más fácil: podrían elaborar un catálogo de expresiones hispanoamericanas sin salir de Madrid.
Ahorita les bastaría con afinar el oído en un par de locutorios, cuate.




