Vacas locas somos todos
Vacas locas somos todos - (ABC, 4-9-2008)
A veces pienso que no hubo vacas locas, que aquellas montañas de reses sacrificadas fueron sólo la recreación de un poeta empeñado en escribir en los telediarios la brutal metáfora de nuestro tiempo: vacas locas somos todos. Somos los televidentes alimentados de pienso adulterado, fabricado con despojos de nuestra propia especie, vísceras humanas picadas a máquina y costillares de niños triturados.
Nos hallamos en los albores de la ficcionalización del dolor en las noticias, con recursos tan rudimentarios como una conmovedora música de fondo sobre el ulular de sirenas en Barajas, y ya hay millones de personas aquejadas de la encefalopatía. Llevará algún tiempo propagarla, pues la realidad presenta una pega insuperable: disfrutamos de Antígona porque no es necesario que una mujer real muera en el afán de enterrar a su hermano para que, como espectadores, demos rienda suelta a buenos sentimientos: empatía, comprensión, solidaridad.
En Barajas, en cambio, han fallecido 154 personas para hacernos pasar una tarde entretenida y eso deja un regusto amargo, se quiera o no. Los ganaderos tratan de superarlo mediante la colmatación de los estómagos: sirve un autobús estrellado en Ayacucho y una reyerta en Kuala Lumpur, siempre que la materia prima de los muertos deformes, carbonizados o destazados se encuentre en perfecto estado de revista. Cuando todos creamos estar pastando en una pradera soleada, masticando hierba verde y jugosa que mana gotas de rocío, mientras engullimos el dolor de nuestros semejantes sin rumiarlo en forma de pesadillas, será Antígona la que muera en los titulares. Entonces, el puñado de sanos resistentes a informarse por televisión deberá prender fuego a la gran pira del homo videns, y el inmenso Creutzfeld-Jakob figurará al fin en las antologías de poesía universal del siglo XX.




