Storytelling
“Storytelling” - (ABC 26-10-2008)
Para todo el que haya experimentado la incómoda sensación de que las barreras entre la realidad viva y la fabulación de un puñado de dementes se están difuminando, Storytelling (Península) es un libro balsámico, porque ayuda a comprender cómo y por qué hemos llegado a estar inmersos en la magia del relato. Para quienes se sientan desconcertados por el hecho de que los discursos políticos ya no versan sobre la acción política, sino que cuentan historias, el autor de Storytelling, Christian Salmon, desmenuza los relatos triunfantes de los últimos años; la explicación, por ejemplo, de por qué los demócratas perdieron las elecciones de 2004: recitaron una letanía, en vez de contar una historia como sí hicieron los neocon.
Para quienes no entiendan por qué el candidato ganador no es el que propone mejores soluciones para aplicar a la realidad, sino el más hábil para modificar nuestra percepción de la realidad; o por qué los anunciantes ya no venden productos, sino experiencias de las que podemos participar mediante la compra, el libro desentraña los mecanismos y la genealogía de ese apogeo de la narratividad que invade todos los ámbitos de nuestra vida. Las semejanzas entre la venta de un producto y la de un candidato se explican porque ambas estrategias están informadas por el storytelling, la hegemonía de lo narrativo, una forma de comunicación que, según el autor, no es sólo una nueva forma de propaganda, sino sobre todo una maquinaria de formatear espíritus.
Si ante fenómenos en apariencia dispares como la ficcionalización de las noticias, la infantilización del mundo, o la decadencia del argumento frente a la emoción, usted se ha preguntado alguna vez, como el Clotaldo de La vida es sueño, “¿Qué confuso laberinto es éste, donde no halla la razón el hilo?”, Storytelling es el cabo por el que empezar a desenmarañar la madeja, para comprender lo que nos está pasando y lo que no nos está pasando, aunque lo creamos. Leerlo deja la inquietante sensación de que podríamos llegar a actuar la vida en lugar de vivirla; a no ser individuos con una identidad y un lugar en la polis, sino miembros de una comunidad basada en la ficción, cuya libertad se ciñe a elegir las performances que deseamos ir ejecutando. Y todo esto, que podría aceptarse con despreocupación y hasta resultar simpático si cada uno se labrara su propio personaje, se vuelve sombrío ante la abrumadora demostración de que es el poder quien nos escribe los guiones.




