Rioja contra la crisis

Rioja contra la crisis - (ABC, 2-10-2008)

El 14 de julio de 1789 había más franceses comiéndose un helado que asaltando la prisión de la Bastilla. Hasta que llegó Georges Duby y mandó parar, la Historia era la historia del poder, si acaso con una ráfaga a pie de página informando de las fuerzas que se le oponen. La inercia sigue inclinando a la gente corriente al sabio gesto de tomarse un helado, a despecho de acontecimientos feroces que nos bufan a la cara. Y si no es temporada, valen unos calamares, unas habas con jamón y un Rioja del 98, que abriga la conversación.

Qué gran año. Nos habíamos reído todos de la patochada de Fukuyama, pero para el 98 ya estábamos habituados a comportarnos como si la historia hubiera terminado realmente. Y lo encontrábamos placentero. Diez años después, podemos apurar algo de aquella placidez gracias a que alguien tuvo la precaución de embotellarla. Ahora sólo resta degustarla despacio, como se saborean los besos en su lento discurrir de la piel al alma, para no inquietarse ante el fin del capitalismo ese que dicen. Puede ser ésta la era incomprensible en que la historia terminó por segunda vez, o por tercera, contando el 11-S. Quizá nos esté tocando vivir algo tan ilógico como el fin de lo concluso, pero hasta en los epílogos más turbulentos hay dos amantes abrazados. Pueden quebrar los bancos, hundirse las aseguradoras o desplomarse las bolsas: donde tintinean dos copas, no se oye estrépito de escombros, y los matices que diferencian la decadencia del derrumbe se difuminan lejanos, como la preocupación por los ahorros. La consigna es derrochar, agotar los besos que han sido descorchados. Verdaderamente, un buen vino y un buen hombre bastan para tomarse con calma el fin del mundo.