No vuelvan al teatro

No vuelvan al teatro – (ABC 13-9-2008)

Tan pronto como las crónicas periodísticas han empezado a dar cuenta del aumento de la afluencia de público al teatro, me he sentido impelida a escribir algo para desanimar al gentío. Y lo estoy escribiendo.

Si la escena española ha llegado a convertirse en un lugar atractivo en los últimos años ha sido gracias al desinterés del público. El artista ha de trabajar con la tranquilidad de que la sociedad no se inmuta por su creación, con la certeza de que nadie está mirando –nadie, digamos, importante-. Si persiste, es porque su voz tiene algo que decir y no algo que vender.

Por eso insto a desoír campañas como la del Ayuntamiento de Madrid, cuyo lema reza: “Si estás hecho un lenguado, vuelve al teatro”. Piénsenlo: ¿qué es el teatro? Unos tapices harapientos para separar dos siglos, una escalera de mano con pretensiones de almena: el espectador se ve sometido a un ímprobo esfuerzo imaginativo. Y cuando se encuentra al borde del llanto, llevado al clímax por el parlamento de una actriz con apenas voz y gesto -su alma, esparcida a borbotones de la forma más impúdica-, todo lo que se le ocurre hacer a la buena señora es apagar la luz y marcharse empujando una mesa. No hay glamour en el teatro, créanme, ni edición, ni efectos especiales ni postproducción. Sólo hay un texto sosteniendo un universo, apenas dos mil quinientos años contando historias a cielo abierto. Bah.

La representación dramática posee, además, una intensidad excesiva, por eso el estado de ánimo de un lenguado no resulta el más indicado para asistir a una función. En el teatro no existe lo que las antiguas llamaban un pasar decoroso. Cuando la obra es mala, soportarla provoca una auténtica enfermedad, y cuando es buena cala al espectador hasta los huesos, a menos que tenga piel de elefante. Por eso, incluso en las condiciones adversas de muchas salas, uno olvida el hormigueo de las piernas y siente, al acabar la función, como si desembarcara de la nave de los locos para aplaudir en pie sobre el suelo encharcado, con la ropa empapada, el cabello pingando y, a pesar de la humedad, presa de un extraño calor interior.

Del teatro se sale enfermo o chorreando, necesitado de sigilo y un par de toallas, no de unas patatas bravas. Y convendrán conmigo en que si no propicia las cañitas, ha de tratarse por fuerza de un espectáculo triste y antiespañol.