Miedo a la luz
Miedo a la luz - (ABC, 24-3-2008)
No pierdan de vista este neologismo: panicología. La disciplina ha irrumpido con fuerza para explicar los comportamientos de pánico de la sociedad, algo especialmente necesario cuando se roza el absurdo: en Estados Unidos, el miedo a volar que provocaron los atentados del 11-S llevó a mucha gente a cambiar el avión por el coche para ciertos desplazamientos. A consecuencia de ello, al año siguiente hubo 1.500 muertos más en las carreteras. El miedo resultó ser tan letal como la mitad de un 11-S, aunque los muertos en accidente de tráfico carecieran de la fuerza del aluvión terrorista.
El miedo permite ver la ilimitada destructividad de la estupidez humana. Si se preguntara a padres y madres acerca de las precauciones que toman por temor a que sus hijos puedan ser víctimas de abusos sexuales, muchos contestarían que evitan dejarlos solos, limitan sus salidas, y encargan su cuidado a algún familiar cuando salen a hacer recados. Pues bien, según las estadísticas, la abrumadora mayoría de los abusos sexuales a menores ocurren en el seno de la familia: un tío o un primo pueden ser más peligrosos que un desconocido y, sin embargo, gozan de toda confianza.
Los accidentes laborales constituyen una grave amenaza que acecha emboscada en la rutina: el año pasado 1.152 personas murieron en España a causa del siempre desatendido riesgo que entraña trabajar. En 2006, el año de la psicosis de la gripe aviar, fallecieron 1.352 trabajadores, aunque suscitó mucha mayor atención aquel somormujo que pasó a mejor vida en un humedal de Álava a causa del virus H5N1. La triste suerte del somormujo produjo un descenso brutal en el consumo de pollo; en cambio, la muerte de 1.352 personas no tuvo consecuencia alguna; que sepamos, no repercutió en el absentismo laboral lo más mínimo. Al contrario, la preocupación más extendida respecto al trabajo suele ser perderlo, pasando por alto los peligros de tenerlo. Algo parecido ocurre con los maridos.
Lo de menos es que el temor nos induzca a tomar decisiones erróneas, la cuestión es que el miedo mismo es una emoción equivocada, fundada casi siempre en un error de juicio: el ser humano calibra mal los riesgos. Un defecto de fábrica que se agudiza hasta convertirse en trastorno en el caso del homo videns en la era del terrorismo. Los estrategas de los medios audiovisuales están comprobando que sus campañas de “sobrecogimiento y espanto” –el célebre shock and awe de Dresde, Hiroshima o Iraq-, producen rentables picos de audiencia. El exceso de noticias, la magnificación de riesgos irrelevantes, la distorsión de las amenazas, y su presentación fragmentada o descontextualizada, son fenómenos a los que la panicología deberá prestar atención. Y es probable que llegue a una conclusión inédita en la historia: los miedos más irracionales ya no nos asaltan en la oscuridad, sino en la luz.




