Lenguas en conserva

Lenguas en conserva - (ABCD, 3-5-2008)

A veces los legisladores dificultan el cumplimiento de las leyes. La Constitución asegura que “la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural”, afirmación problemática por cuanto el patrimonio está constituido por bienes materiales. Y prosigue con un mandato: ese patrimonio “será objeto de especial respeto y protección”.

Proteger una lengua es imposible porque se trata de una abstracción, que se concreta en los lenguajes particulares. En consonancia con ello la Constitución debería velar por que los hablantes de las distintas lenguas autonómicas sean respetados y protegidos en su derecho a usarlas.

Por esa grieta legal, el nacionalismo introdujo la cuña del discurso de la extinción: la fuerza del español es abrumadora, las restantes lenguas españolas desaparecerán, hay que salvarlas, etcétera. Dejando de lado el hecho de que el catalán y el gallego no están amenazados, y el vasco (con unos 700.000 hablantes) tiene por el momento la supervivencia garantizada, la noción de que alguien pueda actuar para conservar una lengua introduce una distorsión conceptual peligrosa. Se pueden restaurar las pinturas rupestres de Altamira pero, por no constituir un patrimonio tangible, las lenguas no son susceptibles de tratamientos de conservación. No se conservan en los museos, sino en los hablantes. Ni siquiera perviven en los textos: el latín está muerto por más que podamos leer la Eneida.

Las políticas lingüísticas se legitiman por la defensa de la lengua pero forzosamente, han de actuar sobre los hablantes, por eso provocan conflictos. Se sustentan en la supuesta necesidad de una “discriminación positiva” del vasco o una “igualdad de oportunidades” del catalán, ambos en desventaja, sin que se repare en el disparate de aplicar a las lenguas métodos de promoción social concebidos para las personas. Las consecuencias de ese delirio se plasman en proyectos como el de eliminar la línea educativa en castellano en el País Vasco: para dar oportunidades a la lengua se les quitan a los hablantes, que ya no se sirven de ella, sino que se ponen a su servicio. Llevada a sus últimas consecuencias, la idea conservacionista obligaría a un desagradable trabajo con lenguas realmente amenazadas. Mucho antes de que al yuchi le quedaran un puñado de hablantes, ya las madres de esa tribu india norteamericana hablaban a sus hijos en inglés, para no privarles de oportunidades laborales y sociales en el futuro, más allá de su pequeña comunidad. ¿Qué aguerrido lehendakari se hubiera atrevido a convencerlas de que hablaran a sus hijos en yuchi?