La opinión encanijada

La opinión encanijada - (ABC 6-8-2008)

Si hubiera que elegir una verdad universal sobre política, algo que hubiéramos oído en casa desde que peinábamos dos coletas, la más firme candidata sería, a bote pronto, la recomendación de no hablar del asunto en reuniones de amigos y familiares. “No nos metamos en política” es la temerosa constatación de que el bautizo de una sobrina puede fácilmente acabar como un campo de Agramante.

El carácter obsceno de la conversación política parece una carga de dinamita en los pilares de la democracia, régimen al cual el ciudadano común e informado rinde honores discutiendo con sus iguales las materias candentes del día, para así participar de manera consciente en la vida pública. Y lo es, cuando uno se abstiene de hablar de política con todo aquel que no refuerza sus opiniones previas.

No hace mucho en Colorado se midió y pesó esta intuición general. Para el estudio se pidió a un grupo de personas de izquierda, procedentes de Boulder, debatir con otro de gentes de derecha, venido de Colorado Springs, sobre tres asuntos: el calentamiento global, las uniones civiles homosexuales y la acción positiva. En ambos grupos había también moderados. Al concluir la discusión, los de Boulder habían modificado ligeramente su opinión, para moverse más a la izquierda, mientras los de Colorado Springs habían hecho lo propio para desplazarse más a la derecha. Los investigadores, David Schkade, Cass Sunstein y Reid Hastie, concluyen: “El principal efecto de la deliberación fue hacer a los miembros de los respectivos grupos más extremistas de lo que eran antes de empezar a hablar”.

Entonces, ¿no vale la pena debatir? Sí, siempre y cuando desechemos la idea de que una discusión fructífera es aquella que concluye en acuerdo. En realidad, éste sólo es necesario en deliberaciones de carácter ejecutivo y las conversaciones del ciudadano casi nunca son de este tipo. Resulta útil ver al discrepante, saber que existe, y constatar que la realidad es mucho más poliédrica que un puñado de verdades inconcusas.

Nuestro pobre natural sectario ha encontrado su hábitat perfecto en la blogosfera, donde cada cual puede conectar con su jauría a las horas más intempestivas. Este encanijamiento progresivo de los grupos de opinión encontraría cierta contención en los medios de comunicación tradicionales, si atendieran su viejo deber de pluralismo. Por desgracia, no pueden hacerlo. Están hozando a la desesperada en busca de un punto más de audiencia, y han descubierto que la segregación ideológica es una brillante oportunidad de negocio.