La cúpula de los locos
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Cuánto más rentable para su reputación le hubiera resultado a Barceló trabajarse una cópula y no esta cúpula de la ONU churretosa de escándalo. Pero las cópulas siempre fueron un género de bajo coste, mientras que las cúpulas acaban manando dólares a espuertas si el artista aprende a relacionarse con ellas. Sólo se arriesga a perder la perspectiva: el gesto artístico más provocador hoy es conservar la cordura y, siendo el desvarío contagioso, toda precaución para alejarse de las cúpulas es poca. El poder, sencillamente, ha enloquecido.
Gente de buenas intenciones atenderá reuniones en esa sala de los Derechos Humanos de la sede de la ONU en Ginebra. Discutirán los esqueletos funcionariales, esbozarán informes y moratorias; y en sus papeles timbrados habrá palabras de acalorada indignación acerca de hombres torturados, uñas arrancadas, mujeres violadas, jergones de chinches y electrodos. Y toda esa gente, los setecientos bienintencionados que caben en la sala, recitarán la lista de accidentes geográficos de la infamia, de Guantánamo a China; y mencionarán ciertos nombres sin sarcasmo, como el de la República Democrática del Congo; y no repararán, bajo un decorado de veinte millones de euros, en que han perdido la razón. No se darán cuenta de que la obra con sentido estaba hecha sin intervención artística. Salta a la vista en la imagen de la sala hace un año: 1.400 metros desnudos, inhóspitos como celdas, la blancura de una remota esperanza, y un vacío tan inmenso como el agujero donde se pudren de rodillas los miles de seres esclavizados cuyo destino se estudiará bajo la cúpula. Un artista rompedor habría conservado intacto el desamparo original, para que pendiera sin descanso sobre las cabezas bienintencionadas y para epatar al poder con un recado inequívoco: estáis locos.




