Hipercrisis

Hipercrisis - (ABC, 31-8-2008)

Ahora es cuando nos adentramos en el túnel: los ciudadanos despeluchados y las autoridades haciendo gala de un escepticismo respecto a los virtuosos mecanismos del mercado francamente desalentador. Preparémonos para ver, en esta ardiente oscuridad, los palos de ciego del Gobierno, de todos los gobiernos en general.

Para regocijo del pedante de Lyotard, el último relato en pie se está desmoronando. Va para veinte años que a los últimos izquierdistas de renombre se les desplomaron las esperanzas y aún no han tocado los fondos abisales. Fue entonces, como tratando de salvar a un moribundo en sus estertores, cuando la derecha revitalizada se pidió el papel de vencedora, los atrajo para sí, y se aferró a la teología del mercado. Según sus dogmas, el comercio libérrimo, hiperglobalizado, en estado salvaje, dispensaría a la humanidad la prosperidad, la libertad y la democracia largamente ansiadas, salvación que se iría sucediendo en etapas por establecer. Era cuestión de esperar, cumpliendo rigurosamente los mandamientos que obligaban a romper toda atadura que frenara la especulación, pusiera orden, limitara las prácticas arriesgadas o simplemente la estafa, el caos, la demencia del mercado desbocado. Muchos pasaron de considerar que el mercado es un expediente utilitario a hablar de él como el fin último.

Pese a darse cuenta del sinsentido de construir 800.000 viviendas al año o alargar las hipotecas hasta cuarenta años, hubo muchas gentes, como Solbes, que no hicieron nada. No podían contravenir el mandamiento en que se resumen todos los demás: laissez faire, laissez passer. “Hay cosas que el Gobierno no puede prohibir”, se confesaba este verano el vicepresidente. ¿De qué se exculpa? ¿De no haber fomentado en los años del boom inmobiliario el alquiler y hacerlo ahora, cuando ya son escandalosamente ricos un puñado de constructores y de alcaldes? ¿Y qué decir de Sebastián? Tanto estudiar liberalismo en Minnesota para ahora dedicarse a hacer planes económicos que estimulen la compra, de coches, sin ir más lejos. ¿Qué clase de fe en la ley de la oferta y la demanda es ésa? Nunca pensé que la mano invisible fuera a verse con tanta nitidez, la verdad.

Me informan de su desesperación parados realmente existentes, ciudadanos que manejan la idea de suicidarse con la soga del euríbor y a quienes los bancos ofrecen convertir las hipotecas a yenes como modo de hacerlas menos gravosas, maniobra de altísimo riesgo para cualquiera que no crea estar a punto de perderlo todo. La confianza de los consumidores, que viene a ser el índice de aceptación del gran relato del mercado, naufraga. El dinero no tiene motivos para inquietarse, pero cunde un recelo atroz y el pesimismo cobra dimensiones metafísicas. No porque la nave del Estado se encuentre en medio de la tempestad, sino porque da la aterradora impresión de que, si alguien tiene un timón entre manos, es la misma marejada del mercado que nos hunde.