El disparo chino
El disparo chino - (ABC, 11-8-2008)
Todo está preparado para las pruebas olímpicas por excelencia, las de atletismo. Pronto veremos a los corredores de los cien metros lisos ocupar sus puestos, acuclillados; a la voz de “listos” adoptarán la posición definitiva y permanecerán inmóviles antes de jugarse el argumento de su vida en nueve míseros segundos.
En el Estadio Nacional de Pekín, ese ovillo de lana intrincado y asfixiante, imagen esplendorosa de la represión compacta, en la que ni un hilo asoma para desenredar la madeja, se oirá entonces el pistoletazo del juez de salida. Su disparo ensordecerá otro idéntico descerrajado contra la nuca de algún disidente en algún remoto lugar de la gran China. No lo oiremos porque la descarga de fusilería será simultánea y el bullicio le pondrá sordina. Es un viejo recurso de los asesinos hacer coincidir su ráfaga mortal con las campanadas de una iglesia, el sonido de un bordón, o el estruendo de petardos callejeros. Un hombre que cae abatido en medio de la multitud silente, una pena de muerte ejecutada mientras el mundo mira al espectáculo deportivo contiguo, es mucho peor que un asesinato. Es el triunfo del poder absoluto, que además de disponer de las vidas humanas, puede jactarse de haber desactivado nuestra sensibilidad.
Mientras los atletas ultiman sus entrenamientos, Ye Guozhu cumple una pena de cuatro años de prisión en una cárcel de China, porque pidió permiso para protestar por una expropiación forzosa de su casa que no fue resarcida mediante una indemnización. Mientras prosigue el ajetreo de triunfadores en el podio, el activista de Derechos Humanos Hu Jia está encarcelado en régimen de incomunicación, sin acceso a su abogado, sin visitas de sus familiares y bajo el riesgo de ser torturado. Con la excusa de lavar la cara a la ciudad para los Juegos, se han multiplicado las detenciones sin juicio: mendigos, taxistas sin licencia, vendedores ambulantes o drogadictos han sido recluidos para una “reeducación por el trabajo” o una “rehabilitación forzosa”. El espíritu olímpico ha adquirido en Pekín tintes represivos de los que le costará años desprenderse.
En China se llevan a cabo el 65% de las ejecuciones de todo el mundo. En 2006 se liquidó al menos a 1.010 personas, casi tres por día, aunque fuentes extraoficiales elevan la cifra a más de 6.000. El régimen ha introducido la inyección letal, pero sigue prefiriendo el tiro en la nuca. Piénsenlo cuando oigan en los próximos días el pistoletazo del juez de salida en las carreras de atletismo. Piensen en los nueve segundos emocionantes en que un hombre maniatado o una mujer de ojos vendados doblarán la cerviz, caerán arrodillados en algún desmonte mientras el vencedor de los cien metros llega a la meta, y espirarán su último aliento de sangre en el momento en que el mundo aplauda a rabiar el intenso desenlace. Piénsenlo para que Pekín 2008 no pase a la historia como el año en que la indiferencia adquirió el rango de deporte olímpico.




