El amor como antídoto

El amor como antídoto – (ABC, 19-6-2008)

Las ventas de pintalabios rojo encendido se multiplican en tiempos de crisis, leo en una revista. Podría ser falso, ma se non è vero, è ben trovato. Donde las grietas barruntan ruina y los días se acortan hasta no dejar tiempo para arrancar la mala hierba, hay una mujer erguida mirándose de frente. Cuando están rotos los espejos, ella busca en la vitrina un vestigio de la vieja vajilla de plata y, desoyendo el tintineo de los happy days, ve en una fuente el reflejo de su boca. A tientas, derrama rojo pasión sobre sus labios para dirigirse a su hombre, un hombre, el hombre: “Entonces, hagamos el amor sobre los escombros”.

En los mejores casos, acompaña el amor. ¿Cómo saber que no es líquido? Porque arranca chispas al agua, por la violencia, como vio Faure: “Es la afinidad violenta de dos carnes que se atraen, dos inteligencias que se comprenden y dos conciencias que simpatizan”. Cuando la electricidad nos pone a mano la tentación de sentirnos exploradores de emociones desconocidas para la humanidad, viene gente como Niklas Luhmann a recordarnos que formamos parte de un código. El amor como pasión (Península) describe cómo la semántica del amor, depurada al paso de la historia, encauza los conflictos económicos, sociales o psíquicos que podría desatar ese atroz vendaval. Su tesis contraría a quienes nos creemos libres de elegir nuestro despeñadero; y aun así consuela que la especie humana lleve siglos tomándose la molestia de levantar un código para propiciar la improbable comunicación de dos seres solitarios. Para ayudarles a esquivar juntos la tristeza hasta que, justo antes de sonar la sirena del fin del mundo, ella se pinte los labios de carmín y lleve a su hombre a hacer el amor sobre los escombros.