Apaciguamiento

Apaciguamiento – (ABC, 9-2-2008)

Hasta hace una década, apaciguamiento era sinónimo de Chamberlain. El verbo podía emplearse en contextos diversos: se apaciguaban los ánimos, una tormenta monetaria, una situación tensa. Sin embargo, el sustantivo poseía un sentido específico para un periodo histórico muy concreto, tal como recoge en su único ejemplo el Diccionario del Español Actual: “La política de apaciguamiento que las democracias occidentales propugnaban no hacía sino alentar las políticas de guerra de Alemania e Italia”. Desde el año 1939 la palabra vive cargada de connotaciones negativas, a pesar de que, como señala Hobsbawn en su Historia del siglo XX, en su momento el apaciguamiento fue una opción sensata para “muchos políticos occidentales que no albergaban sentimientos viscerales antialemanes o no eran antifascistas por principio”.

El lastre histórico llevó al significado original de apaciguar (del latín, pacificar, es decir, “restablecer la paz”) a especializarse en el sustantivo para aludir a un política de pacificación muy concreta: la que jamás logrará ningún compromiso duradero, porque el oponente con el que se quiere pactar la paz sólo busca desencadenar la guerra.

Los neocon rescataron la palabra de los manuales de historia para justificar la invasión de Iraq: de un plumazo permitía presentar la guerra como única salida al problema, luego inexistente, de las armas de destrucción masiva, y desacreditar cualquier otra solución. Porque lo singular del término apaciguamiento no es que califique el diálogo de error político o rechace las concesiones excesivas, sino que presenta toda negociación como un acto inútil.

Esa argumentación subterránea se ha extendido ya al ámbito general del terrorismo, de manera que la negociación no se considera conveniente o inconveniente, no es una opción más a la que se pueda recurrir o no según las circunstancias, sino que se ha convertido en mera disposición a ceder. En paralelo al desprestigio del diálogo como instrumento político –siendo el fundamental-, y a su equiparación con la debilidad, se da una creciente reivindicación del enfrentamiento, no importa cuál sea la posición ideológica que se mantenga. Desde la izquierda se critica ahora la “política de apaciguamiento” del Gobierno con la Iglesia. Y lo preocupante no es el fondo del argumento, que puedo compartir, sino la forma. Lo revelador de los tiempos políticos que vivimos es la marginación de palabras como atemperar, aplacar o contemporizar, con sus matices de búsqueda de avenencia, y la extensión al vocabulario político común del sombrío mensaje implícito del apaciguamiento: nos destruirán si no los destruimos antes.